Hay cosas que los adultos jamás vamos a entender a la primera. Por ejemplo, por qué una caja de zapatos amarrada con hules viejos puede valer más que un juguete nuevo, o por qué una simple piedra del parque se cuida como si fuera de oro puro.
Los niños no necesitan grandes cofres para guardar sus riquezas. Su verdadero reino está en otros lados: en el fondo de una mochila vieja, dentro de una lata de galletas de mantequilla guardada debajo de la cama, o en el hueco de un tronco en el jardín donde nadie más se fija.
Más allá de lo que guardan, lo bonito de estos escondites es lo que significan. En un mundo donde los grandes decidimos casi todo a qué hora se duermen, qué tienen que comer o a dónde ir, esa cajita de zapatos o esa lata escondida se convierte en el refugio perfecto para su imaginación. Es su propio espacio, sus propias reglas y un territorio donde sus sueños vuelan libres.
El problema es que los adultos andamos tan metidos en el día a día, corriendo tras el tráfico, las presiones del trabajo y las cuentas del mes, que se nos olvida cómo éramos. Olvidamos que antes podíamos construir ciudades enteras hechas de tierra, polvo y ramas, y que un simple palo de escoba se convertía en el caballo más veloz del mundo. La imaginación era nuestra moneda de curso legal.




