En un hospital el tiempo parece medirse de otra manera. Se cuenta en horas de espera, en resultados médicos, en citas que no pueden aplazarse y en medicamentos que ingresan lentamente por una vena, cuyo precio físico y emocional es difícil de soportar.
Detrás de cada diagnóstico de cáncer de mama hay una mujer que intenta asimilar una noticia que nunca imaginó recibir, una familia que aprende a convivir con la incertidumbre y un cuerpo que enfrenta tratamientos agotadores.
Mientras afuera la vida continúa, adentro cada una libra una batalla que pocas personas alcanzan a comprender.
Esperan su regreso
Mirna Rosales conoció el miedo cuando descubrió una masa en su seno izquierdo. Algo no estaba bien y decidió buscar atención médica.
Hoy, procedente de Baja Verapaz, continúa su proceso de atención. La distancia la mantiene lejos de su familia: llegó acompañada únicamente de su esposo, mientras los suyos permanecen en casa, también pendientes de su salud.
La preocupación no es solo por lo que sucede en su cuerpo. También pesa pensar en quienes esperan su regreso.
“Sé que tenemos miedo y nos preocupamos, pero con apoyo vamos saliendo adelante”, expresó.
Su voz resume una realidad que no siempre aparece en los expedientes clínicos: el cáncer también se vive en la angustia de una familia, en la ausencia de los abrazos cotidianos y en la incertidumbre de no saber qué vendrá después.
Mirna encuentra fortaleza en su fe para continuar. No significa que el miedo desaparezca ni que el tratamiento sea sencillo.
La quimioterapia le ha resultado dura y, mientras continúa su atención, aprende a atravesar cada etapa con la esperanza de salir adelante.




